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QUÉ NECESITA
SABER SOBRE EL LINFOMA
¿Qué
es un linfoma?
Se trata de un cáncer, es decir, un
crecimiento anormal de células formando un tumor, que
se desarrolla en el sistema linfático.
El sistema linfático es una amplia
red de vasos, o tubos finos, que conectan ciertos órganos
llamados ganglios linfáticos. Los podemos encontrar especialmente
en axilas, ingles, cuello, tórax y abdomen y en ocasiones
se pueden tocar cuando están inflamados, por ejemplo,
por una infección.
El sistema linfático transporta un
líquido blanquecino llamado linfa, que contiene los linfocitos.
Éstos son un tipo de glóbulo blanco de la sangre
que tiene gran importancia en el control de las infecciones,
ya que el sistema inmunológico, del que forman parte
los linfocitos, es el responsable de la defensa del organismo
frente a las agresiones externas.
El linfoma es un tumor formado por el crecimiento
anormal de los linfocitos, y puede aparecer en un ganglio linfático
o en otras localizaciones.
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¿Qué tipos
de linfoma hay?
Existen muchos tipos de linfomas y es difícil
clasificarlos porque son muy diferentes entre sí: por
el origen, por la localización o por la relación
con otros órganos importantes. Esto es fundamental, ya
que dependiendo del tipo específico, la agresividad del
linfoma y sus posibilidades de curación son muy distintas.
Aún así, una clasificación
simplificada podría ser la siguiente:
Linfoma de Hodgkin: Se caracteriza
por la aparición de ganglios linfáticos en diferentes
zonas, a menudo en el tórax. Con el tratamiento adecuado
suele tener buen pronóstico.
Linfomas no-Hodgkin
Engloba más de 30 enfermedades distintas que
se pueden agrupar de la siguiente forma:
- Linfomas Agresivos
Representan alrededor de la mitad de todos los linfomas
no-Hodgkin. Son linfomas de crecimiento muy rápido.
Típicamente cursan con inflamación de los ganglios
linfáticos, pero además pueden infiltrar otros
órganos en forma de metástasis. Pese a su agresividad
clínica, son más sensibles al tratamiento que
los linfomas indolentes, de manera que una buena proporción
de ellos puede curarse con el tratamiento oportuno.
- Linfomas Indolentes
Representan alrededor del 40% de los linfomas no-Hodgkin.
Son linfomas de crecimiento lento y escasa agresividad, pero
con frecuencia se encuentran muy extendidos en el momento
del diagnóstico. Siempre tienen que estar bajo control
médico porque en una pequeña proporción
se convierten en agresivos. Aunque los pacientes con linfoma
indolente pueden vivir muchos años con el linfoma,
paradójicamente resulta muy difícil de curar.
- Linfomas Muy Agresivos
Suponen alrededor de un 10% de todos los linfomas
no-Hodgkin. La proliferación de las células
tumorales es rapidísima, de modo que el número
de células (y por tanto la masa de tumor) puede doblarse
en 24 horas. Son equivalentes a las leucemias agudas y como
tales requieren un tratamiento inmediato y muy radical. Además
de la inflamación de ganglios linfáticos, con
mucha frecuencia se afectan otros órganos como la médula
ósea y el sistema nervioso.
Es muy importante señalar que cuando
hablamos de agresividad de un linfoma hacemos referencia a la
malignidad intrínseca del mismo y no necesariamente a
la extensión de la enfermedad. De este modo, un linfoma
indolente suele estar extendido y, sin embargo, sigue teniendo
un pronóstico relativamente favorable. Por otro lado,
los linfomas considerados agresivos a menudo responden muy bien
al tratamiento y pueden curarse.
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¿Por
qué aparecen los linfomas?
En la mayoría de los casos se ignora
el por qué de la aparición de un linfoma. Sí
se sabe que las personas con déficit en la inmunidad,
bien congénito, bien adquirido (por el virus del SIDA,
pacientes trasplantados de órganos, etc) tienen un riesgo
mayor. Aunque la causa primaria no se conoce, se sabe cada vez
más acerca de los mecanismos celulares y moleculares
que conducen a la aparición de un linfoma.
En unos pocos años probablemente se
podrán determinar los factores de riesgo genéticos,
es decir, si una persona al nacer está más predispuesta
que otra a que le pueda aparecer un linfoma. Cuando se conozcan
tales factores genéticos se podrá actuar antes
de que aparezca un linfoma para prevenirlo.
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¿A
quién pueden afectar?
Los linfomas pueden aparecer en cualquier
persona. Aunque, en general, afectan algo más a menudo
a los varones y a las personas de edad avanzada, pueden aparecer
en todas las etapas de la vida.
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¿Cuáles
son los síntomas?
El síntoma más característico
que puede señalar la existencia de un linfoma es la inflamación
de un ganglio linfático, lo que se conoce como una “adenopatía”.
No necesariamente tienen que existir otras molestias y, por
ello, puede pasar desapercibido durante mucho tiempo.
En ocasiones, sobre todo en los linfomas agresivos
y muy agresivos, sí se producen síntomas de enfermedad,
como pérdida de peso, falta de apetito, fiebre, sudoración
profusa o cansancio.
Las adenopatías del linfoma pueden
aparecer sobre todo en el cuello, las axilas o las ingles. En
ocasiones, puede aumentar el tamaño de hígado
y bazo. Por último, a veces, el linfoma afecta a órganos
como el estómago, hueso, pulmón, cerebro o testículo.
Siempre que aparezca un ganglio linfático
inflamado, es decir que una persona se note “un bulto”, sea
cual sea su localización, es importante acudir a un médico
para que lo valore y determine si hay que hacer alguna prueba,
aunque la causa más frecuente de la aparición
de una adenopatía es que exista una infección,
muchas veces banal.
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¿Cómo
se diagnostica un linfoma?

Biopsia
ganglionar
La biopsia ganglionar es la técnica que se utiliza
para diagnosticar un linfoma.
Se trata de estudiar microscópicamente el tejido del
ganglio implicado. Para ello, hace falta sacar una muestra del
mismo o mejor la adenopatía entera. Esto se hace mediante
una pequeña intervención, generalmente con anestesia
local. No produce molestias importantes, sobre todo si el ganglio
es externo. Sólo más raramente hay que biopsiar
ganglios internos u otros órganos del cuerpo como estómago
o hígado.
La biopsia es la única manera de diagnosticar el linfoma
y de conocer el tipo exacto. Así pues, resulta absolutamente
imprescindible para determinar qué tratamiento hay que
seguir.
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Estudio
de extensión
Una vez hecho el diagnóstico, hay que realizar
otras exploraciones para conocer cuál es la extensión
de la enfermedad. Es lo que se conoce como estudio de extensión
del linfoma y consiste habitualmente en las siguientes pruebas:
- análisis de sangre completo
- radiografías de tórax
- Tomografía axial computarizada
(TAC), también conocida como scanner de tórax,
abdomen y pelvis
- biopsia de la médula ósea
- y en determinados casos:
- resonancia magnética nuclear
- gammagrafía
- fibrogastroscopia, fibrocolonoscopia o
fibrobroncoscopia
Con la biopsia y las pruebas complementarias,
el médico conoce el grado de afección de los órganos,
el estadio de la enfermedad y puede establecer el tratamiento
a seguir.
Para cuantificar la extensión de la
enfermedad se utiliza la clasificación de Ann Arbor,
que define cuatro grados de afección o estadios
(del I al IV):
I. un solo territorio
ganglionar o zona con ganglios
II. dos o más territorios ganglionares al mismo
lado del diafragma
III. dos o más territorios a ambos lados del diafragma
IV. afección a distancia de otros órganos (es
lo que en otros tipos de cáncer se denomina metástasis)
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¿Cuál es el tratamiento?
Una vez se conoce el tipo de linfoma y el
grado de extensión (estadio) se puede iniciar el tratamiento.
El médico especialista valorará cada caso para
determinar el más adecuado. No existen reglas de oro
porque cada paciente y su linfoma es diferente.
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Abstención
terapéutica
En muchos de los linfomas indolentes
no es necesario actuar inmediatamente. Si la enfermedad
no da síntomas y es de crecimiento muy lento la mejor
opción puede ser no dar tratamiento hasta que aparezcan
más manifestaciones clínicas. Es lo que se llama
abstención terapéutica. Por supuesto, hay que
hacer controles médicos relativamente frecuentes (por
ejemplo cada 3 meses) para determinar el momento en que haga
falta iniciar algún tratamiento activo. Aunque el linfoma
no sea curable , el paciente puede vivir muchos años
con los oportunos controles. De alguna forma, en estos casos
hay que tomarse el linfoma indolente como una enfermedad crónica.
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Quimioterapia
Es el tratamiento más habitual por
su gran eficacia en los linfomas. Ésta consiste en la
administración de diferentes fármacos que son
muy tóxicos para las células tumorales y las destruyen,
de manera que llegan a erradicar completamente el linfoma. La
quimioterapia es el tratamiento utilizado en la mayoría
de linfomas, si bien, a veces, hay que complementarla con otras
medidas terapéuticas.
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Radioterapia
En el tratamiento de los linfomas es generalmente
una terapia complementaria a la quimioterapia y se aplica después
de la misma. En muy pocos linfomas es el tratamiento principal.
Se trata de administrar radiaciones de alta
energía que destruyen las células cancerosas.
La aplicación es local, en determinadas
zonas ganglionares. Como en el caso de la quimioterapia, tampoco
requiere ingreso en el hospital. Se programan sesiones cortas,
que pueden durar máximo media hora.
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Terapias biológicas
Nuevas técnicas, fruto de la investigación
del funcionamiento del organismo humano, son las que se llaman
terapias biológicas, porque utilizan sustancias producidas
por el propio organismo, o similares a ellas pero fabricadas
en un laboratorio. Las más utilizadas ya en el tratamiento
de los linfomas son los anticuerpos monoclonales .
Los anticuerpos son sustancias que produce
el sistema inmunitario humano para defenderse con gran eficacia
de los agentes externos (o antígenos). Se llaman monoclonales
porque se refieren a un solo clon de linfocitos B, que son las
células que los producen. Un clon se refiere a que son
células que provienen del cultivo de una única
célula. Su descubrimiento supone un gran adelanto porque
los anticuerpos se fijan selectivamente a su antígeno
“diana” que está en la célula tumoral. De esta
manera, las células del linfoma pueden ser destruidas
selectivamente con escasa toxicidad para las células
normales. El rituximab (anti-CD20) es el anticuerpo monoclonal
más utilizado. La administración es también
por vía intravenosa en un centro hospitalario y normalmente
sin ingreso.
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Trasplante de progenitores
hemopoyéticos
En muchos linfomas de los muy agresivos y
en algunos de los clasificados como indolentes o agresivos se
puede plantear hacer un tratamiento con quimioterapia muy potente
y entonces proceder a un trasplante de progenitores hemopoyéticos,
que son las células madre de la médula ósea.
Estas células también están presentes en
la sangre, de donde es más sencilla su extracción.
Un trasplante sólo se practica cuando el tratamiento
con quimioterapia ya ha dado buenos resultados con el paciente.
La finalidad del trasplante es aplicar una
dosis muy fuerte de quimioterapia para conseguir la remisión
total del tumor. Esta dosis dañaría a las células
sanas de la médula ósea de manera casi irreversible.
Para conseguir la recuperación rápida del organismo,
se obtienen células sanas en buenas condiciones antes
de proceder a la quimioterapia agresiva. De esta manera, cuando
finaliza la terapia, se vuelven a infundir al enfermo. En primer
lugar, se aislarán las células madre o progenitores
hemopoyéticos por extracción sanguínea
y centrifugando la sangre. Ese material se congela y posteriormente,
tras haber administrado la quimioterapia, se infunde de nuevo
por vía intravenosa (como un suero). A esto se denomina
autotrasplante de progenitores hemopoyéticos
. Para realizarlo hace falta ingresar y pasar un tiempo
en el hospital, en general alrededor de un mes.
En casos especiales se puede proceder a un
trasplante de células madre o progenitores hemopoyéticos
de un hermano compatible. Es lo que se denomina trasplante
alogénico de progenitores hemopoyéticos.
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¿Cómo
convivir con un linfoma?
Convivir con un linfoma representa compaginar
la vida normal con etapas en las que se recibe tratamiento.
La quimioterapia y la radioterapia pueden
dar algunos trastornos molestos, que se llaman efectos secundarios.
Estos no siempre aparecen, o en algunos casos pueden manifestarse,
según como reacciona el organismo de cada persona o también
dependiendo de la duración o intensidad del tratamiento.
No tiene ninguna relación su posible aparición
con la idea que el tratamiento funciona o no.
Normalmente estos efectos son temporales y
desaparecen poco tiempo después de recibir tratamiento.
Incluso pueden no aparecer en las primeras sesiones y ser más
importantes al final del tratamiento.
En algunos casos, el médico puede decidir
parar el tratamiento para que el paciente se recupere y reanudarlo
unos días después.
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